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10 octubre 2007

eL OjO qUe MiRa LO que nO fUe


Es así que escuchando jazz del más smooth que se pueda encontrar entre los compartidos en la net (Playboy Jazz After Dark, se los recomiendo a los melanco-románticos o a los espíritus en busca de una sutil calma), me puse observador hacia dentro.

Vieron que hay momentos en que el ojo se queda sin punto de referencia externo y se nos da vuelta, como queriendo verse a sí mismo. Y ahí nos pone frente a lo que somos por un instante.

Esta tarde en el subte me vi como en un vidrio de tiempo; como ante una ventanilla que devuelve épocas que pudieron ser.

Y entonces me encontré con los que no fui.

Ahí estaba esa novia de la secundaria que no tuve. Esa que había de ser tan dulce y tonta como peligrosamente acostumbrable. Ella, tan tierna como debe ser, esperándome a la salida del colegio. Y así, por años. Sus pecas y yo, para todos lados juntos; encarnados. Como otra parte de nosotros que va al lado, se sienta en nuestras piernas casi por hábito, y no decide nada sin consultarnos.

Ahí estaba esa carrera que no terminé. Y las que ni siquiera empecé. Todas ellas futuros seguros de alguien que no las amaba pero que las necesitaba. Y yo era el abogado, el arquitecto; el empresario, por qué no. Ja… ¿Y era feliz?

Pues sí. Y hoy también.

Quién sabe dónde quedaron aquellos que no fui, pero seguro que no murieron. Sólo se adormecieron cómodamente en alguna nada para mirarme devenir lo otro. Y qué. Sí. Agarré para otro lado. No digo que fuera mejor; no me siento un ganador. Para eso, sólo habría que haber sido deportista (y aguantarse varias derrotas también). La competencia no es lo mío. Y la vida no es un deporte. Mucho menos un pasatiempo. No para mí.

Es difícil, con Chet Baker o Chris Potter a la oreja, poder redondear algo que no sea un AHHHH… como un suspiro de alma desgarrada. Pero como último diré que las cosas son de la única manera en que debían ser. Y esa sensación sí que se las recomiendo.

Tanto como este disco maldito que acompaña demasiado bien una tarde de borrascas, un viaje en subte en Buenos Aires o el recuerdo de esas tarde de dolce far niente que difícilmente volverán.

Porque parece que todo el mundo tiene algo que hacer, aún los fines de semana.
Todo excepto mirar el tiempo de lo que no fue.

07 octubre 2007

eL oJo aStiGmáTicO




Y qué ves...
Qué ves cuando no ves...

Pasa que a veces estás muy cerca.
Tan cerca que lo que está delante está encima y no podés alejarte lo suficiente para verlo entero.
Está cerca insistente y encimado, apretándote. Poniéndote sobre él, ellos... Haciéndote imposible siquiera considerarlos...

Y te alejás en espíritu.

El cuerpo se queda ahí, se deja amedrentar por el amontonamiento de subte, de vereda atestada, de ascensor que para en todas.
Pero el alma no. Y el OjO se va con ella ahí donde se escape, sin ver más que lo que esté muy lejos en tiempo y espacio.

Y así sufrimos de este astigmatismo de masas, en medio de las masas que van con nosotros sin nosotros; de masas que viene contra nosotros sin nosotros.

Así vamos desarrollando esa enfermedad de la ceguera necesaria. No nos vemos; no nos queremos.

No estamos.

Pero vamos todos en el mismo subte.

Todos los putos días de nuestra puta y ciega existencia.

Hasta el próximo viaje.

20 septiembre 2007

eL OjO qUe aÑOra

Cómo extraño esos pantalones de corderoy azules. Los que me había comprado para esa primera cita cuando tenía catorce años.

Eran suaves mis pantalones de corderoy azul, como me imaginaba sería su cabello al abrazarla y rozarlos con mi boca adolescente.

Cómo extraño esa sensación de estar naciendo, de estar sintiendo por primera vez que se está vivo.

Me acuerdo que los desdoblaba y los volvía a doblar sólo para tocarlos y sentirlos cálidos sobre mis manos, imaginando, palpitando esa primera caminata juntos por la avenida Meeks, de Lomas a Temperley. Un recorrido casi obligado. Caminata que al final no era más que un largo silencio interrumpido cada tanto por un intento de acercamiento forzado, sobre todo de uno quién, como “hombre”, debía tomar la iniciativa por razones que hoy no son demasiado obvias (afortunadamente para los chicos). Todo un interminable preámbulo nervioso hasta poder abrazarla

Y llegaba el día, la hora del encuentro; y las manos sobre los muslos acariciaban impacientes el terciopelo azul corderoy como anticipándose a la suave sensación que pronto sería de uno. Y uno dando vueltas y vueltas por haber llegado tan temprano…

Al fin, ella aparecía. Más seria que feliz; nerviosa tanto como uno. Y con un pantalón de corderoy azul enfundando sus piernas. ¿Destino?

Mi viejo pantalón de corderoy azul… Ha legado tu hora. Ya no podía seguir guardándote como souvenir de algo que ya ni recuerdo. No podría asegurar ni su color de pelo; ni si la besé aquella vez siquiera.
Pero qué dulce sensación guardás, corderoy, entre tus relieves ya no tan suaves. Si hasta casi a ella la extrañé…

Por un instante, ese en que te tomé de nuevo en mis manos para tirarte, volviste a ser nuevo.

Y yo, a tener catorce años.

13 septiembre 2007

eL OjO qUe NO miRa


Y bien, de qué estamos hablando... Si vamos por la vida (por la calle, por la casa, por la cama...) sin ver al otro.


No he conocido tribu menos gregaria que la porteña. Esquivar la mirada es su deporte nacional. Hacerse el que no vio nada, su mejor papel en la obra de su vida.


Pobre ser el que no trasmite ni recibe de los otros. ¿Será que tenemos miedo al "qué pedirán", más que al "qué dirán"? El vecino te ignora, y no sólo eso: se hace el distraído si lo saludás a la salida del ascensor; pero no por necio -o tal vez un poco-, sino porque no cabe en su diminuta cabecita que el otro (vos, yo...) lo haya saludado SIN CONOCERLO DE TODA LA VIDA!!!


Éste es un muy tonto ejemplo, nada menos. La gravedad del asunto se verifica en las calles todos los días. Accidentes estúpidos que provocan muertes y daños terribles protagonizados por seres insensibles a VER al prójimo. Desinteresados de la suerte de que haya OTROS a su lado pidiendo pista. Somos niños que no queremos -ni sabemos- compartir el arenero.


Hoy, un pobre tonto bien vestido salía de un edificio público blandiendo el paraguas de punta. Quizás él jamás consideró que detrás de esa puerta que franqueaba tan horondo estaba la vereda de la calle Tucumán casi esquina Uruguay. Eran las 10:30 de hoy jueves. Groso modo, a esa hora deben circular unas 100 personas por minuto frente a esa puerta. Hay que ser, eh...!
A qué si te ponés a pensar un poquito, te reconocés en alguna de esas costumbres trogloditas tan, pero tan porteñas. Yo sí, mal que me pese. Es que de tanto estar con los monos, terminás comiendo bananas. Perdón, monos.


Así, sin ojos en la cabeza, ¿a dónde vamos a parar, Buenos Aires?


Un gran abrazo, y a mirar a los costados