bUsCaR (en este blog ó en internet)

24 octubre 2007

OjO cOn eL OjO


Sabés que hay una forma, una manera de mirar que está vinculada con el NO VER...?


Y sí, es el truco del mago. Viste cómo te mueve la mano derecha... porque el truco lo hace con la izquierda.


Muchas veces miro lo que no está explícito y descubro que detrás del árbol hay todo un bosque.


Lo que jode, lo que realmente jode es que alguien haya plantado ese árbol para taparme el bosque de atrás. Ahí es cuando me pregunto: ¿Quién se tomaría semejante molestia y por qué, par qué?


Simuladores, ilusionistas, prestidigitadores, chantas, avivados, ventajeros, falsos influyentes, expertos en marketing, creadores de conceptos, publicitarios... Cualquiera de éstos podría ser al emérito jardinero/forestador que tuvo la ingeniosa idea de pergeñar dicha trampa.


Que no es más que eso, convengamos.


Pero lamentablemente, los efectos de la trampuela nos afectan más que un truco de mago. Para cuando nos sorprendemos, ya nos han timado. O bien, sentimos que hemos vivido equivocados.


Hace unos días se hizo justicia, en lo que a mostrar lo que no es respecta.

Un juez argentino dio lugar a la querella impuesta a Telefónica por una asociación de usuarios quienes sostenían que el consabido "Contestador de Llamadas", que dicha empresa "regalaba" a los clientes/usuarios sin preguntar siquiera, no era otra cosa que un "recuperador de llamadas perdidas".

Astucia de los ingenieros, del marketing y todo eso: SI. Estafa al usuario desprevenido: También.


Y así transcurre el devenir del que mira lo que tiene enfrente sin correr la cabecita un tanto a un lado para asomarse a lo que vive detrás. Cuántas veces habremos pasado cerca de lo real, de lo honesto y simplemente verdadero sin ver más que el maquillage de un mundo envuelto para regalo que resulta al final carísimo (y no queridísimo, como creería el italiano que leyera ésto).


Ciao amici...


Y a los estafadores, merda!!

10 octubre 2007

eL OjO qUe MiRa LO que nO fUe


Es así que escuchando jazz del más smooth que se pueda encontrar entre los compartidos en la net (Playboy Jazz After Dark, se los recomiendo a los melanco-románticos o a los espíritus en busca de una sutil calma), me puse observador hacia dentro.

Vieron que hay momentos en que el ojo se queda sin punto de referencia externo y se nos da vuelta, como queriendo verse a sí mismo. Y ahí nos pone frente a lo que somos por un instante.

Esta tarde en el subte me vi como en un vidrio de tiempo; como ante una ventanilla que devuelve épocas que pudieron ser.

Y entonces me encontré con los que no fui.

Ahí estaba esa novia de la secundaria que no tuve. Esa que había de ser tan dulce y tonta como peligrosamente acostumbrable. Ella, tan tierna como debe ser, esperándome a la salida del colegio. Y así, por años. Sus pecas y yo, para todos lados juntos; encarnados. Como otra parte de nosotros que va al lado, se sienta en nuestras piernas casi por hábito, y no decide nada sin consultarnos.

Ahí estaba esa carrera que no terminé. Y las que ni siquiera empecé. Todas ellas futuros seguros de alguien que no las amaba pero que las necesitaba. Y yo era el abogado, el arquitecto; el empresario, por qué no. Ja… ¿Y era feliz?

Pues sí. Y hoy también.

Quién sabe dónde quedaron aquellos que no fui, pero seguro que no murieron. Sólo se adormecieron cómodamente en alguna nada para mirarme devenir lo otro. Y qué. Sí. Agarré para otro lado. No digo que fuera mejor; no me siento un ganador. Para eso, sólo habría que haber sido deportista (y aguantarse varias derrotas también). La competencia no es lo mío. Y la vida no es un deporte. Mucho menos un pasatiempo. No para mí.

Es difícil, con Chet Baker o Chris Potter a la oreja, poder redondear algo que no sea un AHHHH… como un suspiro de alma desgarrada. Pero como último diré que las cosas son de la única manera en que debían ser. Y esa sensación sí que se las recomiendo.

Tanto como este disco maldito que acompaña demasiado bien una tarde de borrascas, un viaje en subte en Buenos Aires o el recuerdo de esas tarde de dolce far niente que difícilmente volverán.

Porque parece que todo el mundo tiene algo que hacer, aún los fines de semana.
Todo excepto mirar el tiempo de lo que no fue.

07 octubre 2007

eL oJo aStiGmáTicO




Y qué ves...
Qué ves cuando no ves...

Pasa que a veces estás muy cerca.
Tan cerca que lo que está delante está encima y no podés alejarte lo suficiente para verlo entero.
Está cerca insistente y encimado, apretándote. Poniéndote sobre él, ellos... Haciéndote imposible siquiera considerarlos...

Y te alejás en espíritu.

El cuerpo se queda ahí, se deja amedrentar por el amontonamiento de subte, de vereda atestada, de ascensor que para en todas.
Pero el alma no. Y el OjO se va con ella ahí donde se escape, sin ver más que lo que esté muy lejos en tiempo y espacio.

Y así sufrimos de este astigmatismo de masas, en medio de las masas que van con nosotros sin nosotros; de masas que viene contra nosotros sin nosotros.

Así vamos desarrollando esa enfermedad de la ceguera necesaria. No nos vemos; no nos queremos.

No estamos.

Pero vamos todos en el mismo subte.

Todos los putos días de nuestra puta y ciega existencia.

Hasta el próximo viaje.

20 septiembre 2007

eL OjO qUe aÑOra

Cómo extraño esos pantalones de corderoy azules. Los que me había comprado para esa primera cita cuando tenía catorce años.

Eran suaves mis pantalones de corderoy azul, como me imaginaba sería su cabello al abrazarla y rozarlos con mi boca adolescente.

Cómo extraño esa sensación de estar naciendo, de estar sintiendo por primera vez que se está vivo.

Me acuerdo que los desdoblaba y los volvía a doblar sólo para tocarlos y sentirlos cálidos sobre mis manos, imaginando, palpitando esa primera caminata juntos por la avenida Meeks, de Lomas a Temperley. Un recorrido casi obligado. Caminata que al final no era más que un largo silencio interrumpido cada tanto por un intento de acercamiento forzado, sobre todo de uno quién, como “hombre”, debía tomar la iniciativa por razones que hoy no son demasiado obvias (afortunadamente para los chicos). Todo un interminable preámbulo nervioso hasta poder abrazarla

Y llegaba el día, la hora del encuentro; y las manos sobre los muslos acariciaban impacientes el terciopelo azul corderoy como anticipándose a la suave sensación que pronto sería de uno. Y uno dando vueltas y vueltas por haber llegado tan temprano…

Al fin, ella aparecía. Más seria que feliz; nerviosa tanto como uno. Y con un pantalón de corderoy azul enfundando sus piernas. ¿Destino?

Mi viejo pantalón de corderoy azul… Ha legado tu hora. Ya no podía seguir guardándote como souvenir de algo que ya ni recuerdo. No podría asegurar ni su color de pelo; ni si la besé aquella vez siquiera.
Pero qué dulce sensación guardás, corderoy, entre tus relieves ya no tan suaves. Si hasta casi a ella la extrañé…

Por un instante, ese en que te tomé de nuevo en mis manos para tirarte, volviste a ser nuevo.

Y yo, a tener catorce años.